lunes, 28 de febrero de 2011

Vestida para distraer

Desde que a Justicia le han puesto ese vestido tan encantador, es más fácil encandilarse mirando sus deliciosas curvas que hacere caso a eso que intenta decirnos. Pobre.

Pobres nosotros.

Pasen y vean. (2010)

Los Carroñeros.

Me había costado una eternidad llegar hasta allí arriba. La señalización en aquellas carreteras era lamentable y yo había olvidado llevar conmigo el extraño mapa de carreteras sin sello editorial que me prestaron hacía un par de noches.  El caso es que había subido el puerto contiguo al que era mi destino por error, por lo que perdí una considerable cantidad de tiempo, combustible y energía vital en andar y desandar aquellas infernales curvas.

Adentré el coche en una explanada de tierra que había cerca de las últimas rocas que marcaban el pico de aquella montaña. En cuanto las ruedas salieron del asfalto y avanzaron por la tierra, los ejercicios de la amortiguación hicieron que el disco compacto que sonaba saltara repetidas veces. Apagué el equipo y detuve el vehículo. Salí dejando las llaves puestas.

Allí estaban, como él me había asegurado hacía ese par de noches, cuando todo se gestó. Tenían carisma, allí, situados sobre el tendido eléctrico.

Me encendí un cigarro y avancé por aquella explanada de tierra y gravilla. Lo cierto es que estaba un poco acojonada, no tenía ni la menor idea de por dónde saldrían. ¿Cómo tienes que dirigirte a estos tipos? El cigarro me aportaría apariencia de suficiencia… si lograba que no me temblara la mano. Carraspeé un poco tras echar el humo.

-Eh… buenos días. Espero no importunarles. Verán, venía a… -y cuando estaba alzando la mano derecha, aquella que no sostenía el cigarro, para señalar hacia atrás, hacia mi coche, me interrumpieron.

-Sí, sí. –no se movían. Tampoco los tenía tan cerca como para hacer esta afirmación, pero por más que lo rememoro, la sensación no cambia. Parecían estatuas. – Pero te has debido confundir, muchacha. No has entendido nada.-¿Qué? No, no. Yo había entendido que esta gente se ocupaba de desaparecer ciertas cosas, que las engullían y dejaban de existir. Los problemas, los errores. Todo eso. Y mientras pensaba esto, intentaba balbucir.

-Pero me dijeron que ustedes se encargaban de asuntos de este tipo. Me lo dijo… -¿cómo se llamaba aquel tipo? No podía recordarlo en ese momento, a pesar de que había pasado muchas horas con él. Aquella noche, hacía dos noches. ¿Cómo se llamaba?- Bueno, me dijo que podríais haceros cargo de estos… problemas.

Entonces se movió. Uno de ellos giró su cabeza y me miró. A pesar de la distancia que nos separaba lo sentí como si se hubiera situado a dos centímetros de mí. Sus ojos habían entrado en mi cabeza, como la policía con una orden de registro. Lo noté, noté cómo lo averiguaba todo acerca de mí. Era una experiencia extraña, desagradable pero no dolorosa. Como si hurgaran en una carne no física. En un momento lo sabía todo. La Verdad. Mi Verdad. Aquella que es el resultado de lo que yo conocía y no conocía de mí misma. De mis orgullos, de mis vergüenzas. De lo que enseñaba al mundo y de lo que le escondía. Y me habló.

-Lo que tú traes contigo no son problemas, chiquita. Son miedos. Y no podemos hacernos cargo de ellos, porque están vivos. Nosotros nos los comeremos, pero cuando tú los hayas matado. ¿Por quién nos has tomado? Somos carroñeros, no superhéroes.

Qué ocurrió después de aquello es algo que no he podido reconstruir muy bien. No recuerdo apenas cómo volví al coche y deshice todo aquel camino. Tampoco puedo rememorar cómo volví a casa, ni cuánto tardé en hacerlo. De hecho, he tardado bastante en recordar que había hecho aquel viaje.

Todo ha vuelto a mi memoria a raíz de haber encontrado esta guía de carreteras que parece no haber sido editada por nadie.  No me explico cómo ha vuelto a mi apartamento, si estaba convencida de que la había perdido. Quizá la recuperé durante el viaje de vuelta. Quizá la tuve en el coche todo el tiempo, sin enterarme. No logro acordarme.

Pero lo que más me cabrea es no ser capaz de rememorar el nombre de aquel tipo. Sé que anoche lo pronuncié en un sueño, pero esta mañana ha vuelto a esfumarse.  Sin embargo, los miedos siguen estando conmigo. Esos sí que no me han abandonado.

Malditos carroñeros.

Se ha quedado buena tarde. (2010)

domingo, 27 de febrero de 2011

Solo almas.

ABIERTO 24 HORAS. NO SE ADMITE EL PAGO CON NINGÚN TIPO DE TARJETA.

jueves, 24 de febrero de 2011

Todos tenemos una carga que soportar.

Mucho calor. Demasiado como para seguir conduciendo con el aire acondicionado estropeado. Y no hay un área de servicio cerca, parece.

Está bien. Continuaré unos kilómetros más, hasta encontrar algún lugar con sombra o algún resquicio de población. Miro por el retrovisor para vigilar el maletero. Bien.  No se mueve.

“Claro que no se mueve, paranoica”, me digo a mí misma.

¿Cuánto camino me queda? La carretera me ha engullido y no parece querer darme más pistas. Supongo que cuando llegué lo sabré. Solo en ese momento.

Lo único que me molesta es no poder deshacerme del fiambre por el camino.

[she's got everything she needs to lose] _666 Conducer:BRMC
No. No tengo una fotografía. Si quieres una carretera, mira ésta. 

martes, 22 de febrero de 2011

Enajenación

Cuando estoy enferma mi cabeza se colapsa. Echa humo y escupe basura inservible. Pero mi estado no es tan cinematográficamente atractivo como el de las alcantarillas de NY. Qué le vamos a hacer.

Buenos días (2010)

viernes, 18 de febrero de 2011

Borracha de café

A veces, por mucha cafeína que se ingiera no logra disiparse el sueño. Ese sueño que al principio es natural pero que tras dos o tres tazas de café se ha convertido en un monstruo huraño que se aferra con todo lo que tiene a tus entrañas, aportando más peso del que puedas soportar llevar a cuestas sin caminar a trompicones.

Como la cosa no mejora, decides quemar los barcos y tomarte el cuarto, o el quinto, o el que sea. El caso es que sea el último. Yo perdí la cuenta. Entonces, si bien tu cuerpo, la parte de tus órganos, extremidades, no parece reaccionar, sí que lo hace tu mente. Y ahí empieza todo.

La cabeza empieza a funcionar, a producir. Al principio es curioso, sorprendente, agradable. Tienes ideas. Pero, a medida que va transcurriendo el tiempo –no demasiado tiempo, los hechos se viven intensos y condensados-, el hilo de ideas se va deformando. Aumenta el caudal y las conexiones se establecen y desvanecen a una velocidad a la que es imposible siquiera atraparlas por la vía intuitiva. Si al principio de tu hoja de papel había párrafos más o menos estructurados, con algo de coherencia, ahora te encuentras con desesperados intentos por atrapar, por recoger ese torrente de ocurrencias. Los delirios se mezclan con despuntes de pensamientos más elaborados, que pertenecen a aquellas cosas sobre las que has reflexionado con más detenimiento. Esos delirios son a su vez un combinado de protoideas, de aquellos conceptos que sabes que desarrollarás más adelante, con las sensaciones más viscerales, las miradas furiosas que le lanzas al mundo. 

Rellenas varias páginas con letra nerviosa, presionando tanto con la punta del bolígrafo –estilográfica, lo que sea- sobre la hoja, que en una de estas la traspasarás. Acabas. Sea lo que sea lo que hay ahí contenido, tenía un principio y un final, una pequeña maya de hilos casi oníricos que lo ha sostenido todo, concediéndole una estructura efímera. Esa estructura no sobrevivirá jamás al segundo vistazo. Nació y murió en ese momento.
Ahora sobreviene el cansancio. Un dolor de cabeza molestísimo similar al que se presenta cuando falta precisamente la cafeína y el agotamiento.  Se pasó el efecto.

Y eso ha sido una borrachera de café.



Sin título (2010)

martes, 15 de febrero de 2011

La importancia del movimiento (II)

Existe otra forma de alejarse, además de la que ya mencioné. En realidad existen muchas más. Tantas como apetezca, claro. Viajar por carretera conlleva otros placeres. La sensación no es tan rotunda, pero sí progresiva. Movimiento de vibración. Y la facilona pero resultona perpectiva del horizonte concentrado en un punto. No te olvides de llevar música.

Camino a todas partes (2007)
[escaneo en pésima calidad de fotografía analógica]

lunes, 14 de febrero de 2011

Soy un dios olvidado...

...y os estoy observando, bípedos mortales.

Staring (2011)

Tránsito (I)

Los pasos son decididos. Zancadas amplias y de pisar rotundo. Velocidad moderada y percusión rítmica producida por el choque de las tapas de los tacones contra la acera. Soledad marcial, podría decirse.

El exterior choca contra las ropas de abrigo que protegen al cuerpo de las bajas temperaturas. Éste intenta irrumpir, de forma continua e invariable. Pero hay que hacerse fuerte. Encogiendo un poco los hombros, en esa reacción natural que busca resguardar al cuerpo del frío, la caminata prosigue inexorablemente: hay un destino señalado.

La cabeza se resiente levemente y el resto del cuerpo adolece consecuencias del cansancio traducidos en molestias, leves dolores. A la mirada también se le ha colocado una barrera. Unas gafas de sol, a pesar de que la luz no es muy intensa, como ocurre en los días despejados de verano. En ese momento es densa, menos saturada en color y, desde luego, apenas cálida. Blanquecina. Esperma de fotones que se derrama   lánguidamente sobre la geografía urbana.
Hay mucho tráfico alrededor, transitan vehículos y personas y ambos son igual de ruidosos.  Avanzar es cada vez más complicado. En realidad lo complicado es hacerlo de forma continuada. Llegan los semáforos, las corrientes de gente que camina en sentido opuesto, los transitares erráticos de los que, en teoría, seguían el mismo. Esquivar, detenerse, volver a avanzar. Esquivar, esquivar.

Y pronto aparece la necesidad de escapar. Varios repartidores entregando folletos de descuento en la asunción de rutinas. Oferta especial para nuevos miembros.

-Ten, muchacha. Estamos que lo tiramos.

-No, gracias.

-Sólo un segundo, es una promoción buenísima. –Recortando peligrosamente la distancia que respeta el espacio vital individual, la figura anónima va aumentando de tamaño mientras se ¿definen? sus rasgos.  Cada vez los ojos más pequeños; la boca, cargada de dientes afilados, más grande.

-No, de verdad. Tengo prisa y no necesito nada de eso.- Pasos torpes que buscan sortear el hábil cercado que se está produciendo sobre ella.

-Pero si lo vas a necesitar, mujer. –Aquella criatura tiene ya unas garras considerables. El panfleto resulta ahora ridículo de tan pequeño entre las zarpas.  La que no sostiene el papelillo se prepara para atrapar a la víctima.

No toca dejarse coger. Cortos pasos hacia atrás que se suceden con rapidez para poder abrir la distancia necesaria entre ambos e iniciar la carrera. No es el día, por supuesto que no.
Una pequeña carrerilla. Algo de viento frío se levanta, revolviendo mechones de cabello, enfriando las sienes. No hace falta seguir a ese ritmo. Ya pasó. La calle sólo vuelve a estar compuesta de eso que llaman normalidad. Pero habrá más. El camino estará así, plagado de contratiempos hasta alcanzar el final del trayecto.

El ruido de los motores, las conversaciones que se proyectan en varias direcciones, todo impacta contra el abrigo. A pesar de la capacidad de abstracción, persiste un constante murmullo átono que se instala en los oídos.

Con la pequeña subida de adrenalina el dolor de cabeza había pasado a segundo plano pero, a medida que las pulsaciones se asientan, así lo hace la molestia. Toca afianzarse las gafas y otear la plaza que aparece ahora. Sin árboles, todo granito. Las sombras proyectadas son las de los quioscos de prensa y revistas, abiertos y en servicio matinal, por lo que las masas de oscuridad que se forman nada tienen que ver con la apariencia nubosa, de encaje, que proporciona la vegetación. Son, por el contrario, poligonales, sólidas. Duras.

Aunque no circulan los coches por ahí, el CO2 puede mascarse. Pero hay que seguir adelante. 

[Continuará]

Ciudad en vertical (2010)

domingo, 13 de febrero de 2011

The way you look tonight


Hace una noche buenísima. Una noche de las que animan a salir. La gente lo hace, claro. Es sábado. Las calles están llenas de gente que camina en grupos por las aceras, buscando colmar la necesidad de evasión semanal. Todo está empezando para ellos.

Para mí también. Tengo un nudo en el estómago, como siempre, antes de verte. Hay cosas que no cambian, a pesar de todo.

Ya he llegado. Sólo tengo que encontrar la sala. El recibidor del edificio es la representación de lo pulcro. Huele a algo, sutil, que no logro distinguir. Inspira tranquilidad. Me acerco a la recepción, prefiero conocer el camino de antemano a perderme en ese laberinto tan pulcro.

-Buenas noches. Busco la sala 29. –ese monolito de mármol que sirve de mostrador está plagado de folletos publicitarios. También hay una planta –natural- y un cestillo con caramelos. Al menos no llevan envoltorio corporativo. Todo un detalle. Cojo varios y me los guardo en el bolsillo del abrigo.

-La sala 29, sí. –una sonrisa muy amable por parte de una mujer vestida con sobriedad y maquillada muy discretamente. La voz es agradable.- Tome el ascensor del centro y suba a la segunda planta. Camine por el pasillo que encontrará frente a usted y allí la encontrará.

“Allí la encontrará”. El nudo en el estómago me ahoga un poco más por un instante. –Gracias.- Y camino rumbo al ascensor, que, afortunadamente, se encontraba en esta planta. Entro y compruebo que es amplio. Miro el cartel de peso máximo y aforo orientativo: 16 personas. Es una manía, no sé de qué diablos me sirve controlar la capacidad de los ascensores en los que me subo, pero miro siempre. Ah, sí, la segunda planta. Pulso el botón y éste se ilumina, contestándome que sí, que ahí nos dirigiremos.

Aprovecho para mirarme en el espejo y me coloco el pelo. Me reviso el maquillaje, aunque la luz del habitáculo es demasiado mortecina como para que pueda verme bien. ¿Por qué lo hago, qué más dará? Salí hace nada de casa, ¿por qué pasarme ahora revista? Precisamente ahora.

Salgo del ascensor tras comprobar que, efectivamente y como la amable mujer del mostrador dijo, hay un pasillo ante mí. Es muy ancho. Hay gente a la entrada de algunas salas. Gente de todo tipo, claro. Joder, ya empiezo a ver caras conocidas. No quiero saludar a nadie, vengo a verte a ti. Camino haciéndome la despistada, a paso vivo. La gente está muy a su bola, afortunadamente. Es tarde, es verdad, y todo se está diluyendo. No me atreví a venir antes.

Entro en la sala. La 29. No conozco a todo el mundo, como es lógico. Veo a gente con la que compartí algún momento hace mucho tiempo, gente a la que he visto más a menudo y, claro, amigos íntimos. Sí, por ahí andan. Todos en corrillos. Lo cierto es que estas ocasiones te sirven para ver lo dispares que pueden ser las amistades. Percibes los hilos que conectan las relaciones humanas. Aquí hay colegas de borracheras, compañeros de trabajo, enemigos íntimos, algún que otra pareja de exs que se encuentran con pareja nueva o sin ella. Todos parecen llevarse estupendamente. Es mentira. Ya no queda tanta gente. Avanzo sin detenerme.

Ah, ahí. Dios. Estás guapísima. Radiante. Tu vestido azul favorito, qué  perra. ¿Distingo ese colgante que era herencia familiar? Joder, se han portado. Me acerco más. A pesar de que el nudo en el estómago se ha convertido en una cruel máquina de estrujamiento de entrañas, sonrío. Me acerco más. Te han peinado y maquillado estupendamente; hasta te han colocado bien el rubor en las mejillas que tanto te cuesta aplicarte a ti. Me inclino a besarte.

Estás tan fría. Es perturbador, aunque ya me lo habían avisado e, incluso, desaconsejado. “Es mejor si no la besas o no la tocas. Es mejor que recuerdes el calor de su cuerpo. Si no, todo es mucho más evidente.” Te miro muy de cerca, como si pudiera descubrir así algún tipo de respiración secreta e inapreciable. Alguna señal que dijera “Eh, que no me he ido. Esto no es de verdad.” Pero no lo encuentro.

-Disculpe. Vamos a cerrar ya el ataúd. – Me habla un empleado, con el mismo código de vestimenta y actuación que la mujer de recepción. Todos son suaves y trabajan para pasar desapercibidos. Para que no recuerdes sus caras, para no resultar una incomodidad.

Asiento un poco desconcertada y vuelvo a mirarte. Hasta la muerte te sienta bien. Qué asco das. Creo que me he olvidado de respirar, porque de repente cojo aire de manera desmesurada, aunque no llega a los pulmones la mayor parte. Me escuecen los ojos justo antes de humedecerse.  

Me doy media vuelta y esquivo a la familia que se acerca. Ahora mismo soy invisible para ellos. Sólo quedan amigos íntimos a la entrada de la sala. Necesito salir de aquí. Me ahogo.

No, no puedo detenerme con vosotros, pienso mientras me acerco a la salida, donde se reúnen los pocos que quedan. Lo escucho justo cuando cruzo el umbral. El sonido, amortiguado, del cierre. Choque de madera tapizada. Cierres adicionales metálicos. Necesito llegar al ascensor.

 Mierda, está ocupado. Las escaleras están al lado. Bajo los dos pisos andando, asegurándome de que no me voy a tropezar.  Clac, clac, clac, clac, clac. Los tacones se estrellan contra los peldaños, uno a uno, hasta que llego al vestíbulo. No tengo ni idea de por qué lo hago, pero giro la cabeza para decirle “hasta luego” a la mujer de recepción. En mi cabeza las dos palabras se formulan correctamente, pero dudo de  que mi voz transmita completamente el mensaje.

Por fin, salgo a la calle.

 No mucho frío. Coches. Gente. Ruido. Hoy empieza todo, aunque no sé qué es exactamente ese todo.
 Me alejo caminando. Por supuesto, hacia ninguna parte. Conservo el sabor del frío de tu piel en mis labios. El rubor artificial, el vestido azul, la absoluta inmovilidad; esas imágenes se interponen entre la realidad y yo. Hasta que miro al cielo, despejado. La luna está prácticamente llena. Voy a tomarme algo contigo, con tu recuerdo, a modo de despedida.

 Ya sé adónde ir. Me sonrío, descendiendo la mirada hacia el suelo, como hago cada vez que recuerdo algo que me gusta. Acelero el paso.

 Hace una noche buenísima.

The way you look tonight (2010)

viernes, 11 de febrero de 2011

La importancia del movimiento


Navegar. Perder contacto con tierra. Dejarla atrás. Ser consciente de ello. Dejarlo todo atrás.

El avión no cumple los requisitos. Los únicos momentos en los que existe consciencia del movimiento son el despegue y el aterrizaje.

 Es mejor un barco, ahí es difícil no percibir el movimiento. Quedan excluidos los cruceros.Es mejor un barco más pequeño, sin tantas pretensiones. Sin discoteca, piscina, bar tiki o guardería. Un barco. Donde se aprecie que te mueves por agua. Perder contacto con tierra.  Aunque puede marear.



Navegando a Long Island (2010)

jueves, 10 de febrero de 2011

Borrón y cuenta nueva

Oh, vaya. Ha desaparecido todo. Hay que pasar página.




Smoker in Harlem (2010)


Esta es la actitud.