lunes, 28 de febrero de 2011

Los Carroñeros.

Me había costado una eternidad llegar hasta allí arriba. La señalización en aquellas carreteras era lamentable y yo había olvidado llevar conmigo el extraño mapa de carreteras sin sello editorial que me prestaron hacía un par de noches.  El caso es que había subido el puerto contiguo al que era mi destino por error, por lo que perdí una considerable cantidad de tiempo, combustible y energía vital en andar y desandar aquellas infernales curvas.

Adentré el coche en una explanada de tierra que había cerca de las últimas rocas que marcaban el pico de aquella montaña. En cuanto las ruedas salieron del asfalto y avanzaron por la tierra, los ejercicios de la amortiguación hicieron que el disco compacto que sonaba saltara repetidas veces. Apagué el equipo y detuve el vehículo. Salí dejando las llaves puestas.

Allí estaban, como él me había asegurado hacía ese par de noches, cuando todo se gestó. Tenían carisma, allí, situados sobre el tendido eléctrico.

Me encendí un cigarro y avancé por aquella explanada de tierra y gravilla. Lo cierto es que estaba un poco acojonada, no tenía ni la menor idea de por dónde saldrían. ¿Cómo tienes que dirigirte a estos tipos? El cigarro me aportaría apariencia de suficiencia… si lograba que no me temblara la mano. Carraspeé un poco tras echar el humo.

-Eh… buenos días. Espero no importunarles. Verán, venía a… -y cuando estaba alzando la mano derecha, aquella que no sostenía el cigarro, para señalar hacia atrás, hacia mi coche, me interrumpieron.

-Sí, sí. –no se movían. Tampoco los tenía tan cerca como para hacer esta afirmación, pero por más que lo rememoro, la sensación no cambia. Parecían estatuas. – Pero te has debido confundir, muchacha. No has entendido nada.-¿Qué? No, no. Yo había entendido que esta gente se ocupaba de desaparecer ciertas cosas, que las engullían y dejaban de existir. Los problemas, los errores. Todo eso. Y mientras pensaba esto, intentaba balbucir.

-Pero me dijeron que ustedes se encargaban de asuntos de este tipo. Me lo dijo… -¿cómo se llamaba aquel tipo? No podía recordarlo en ese momento, a pesar de que había pasado muchas horas con él. Aquella noche, hacía dos noches. ¿Cómo se llamaba?- Bueno, me dijo que podríais haceros cargo de estos… problemas.

Entonces se movió. Uno de ellos giró su cabeza y me miró. A pesar de la distancia que nos separaba lo sentí como si se hubiera situado a dos centímetros de mí. Sus ojos habían entrado en mi cabeza, como la policía con una orden de registro. Lo noté, noté cómo lo averiguaba todo acerca de mí. Era una experiencia extraña, desagradable pero no dolorosa. Como si hurgaran en una carne no física. En un momento lo sabía todo. La Verdad. Mi Verdad. Aquella que es el resultado de lo que yo conocía y no conocía de mí misma. De mis orgullos, de mis vergüenzas. De lo que enseñaba al mundo y de lo que le escondía. Y me habló.

-Lo que tú traes contigo no son problemas, chiquita. Son miedos. Y no podemos hacernos cargo de ellos, porque están vivos. Nosotros nos los comeremos, pero cuando tú los hayas matado. ¿Por quién nos has tomado? Somos carroñeros, no superhéroes.

Qué ocurrió después de aquello es algo que no he podido reconstruir muy bien. No recuerdo apenas cómo volví al coche y deshice todo aquel camino. Tampoco puedo rememorar cómo volví a casa, ni cuánto tardé en hacerlo. De hecho, he tardado bastante en recordar que había hecho aquel viaje.

Todo ha vuelto a mi memoria a raíz de haber encontrado esta guía de carreteras que parece no haber sido editada por nadie.  No me explico cómo ha vuelto a mi apartamento, si estaba convencida de que la había perdido. Quizá la recuperé durante el viaje de vuelta. Quizá la tuve en el coche todo el tiempo, sin enterarme. No logro acordarme.

Pero lo que más me cabrea es no ser capaz de rememorar el nombre de aquel tipo. Sé que anoche lo pronuncié en un sueño, pero esta mañana ha vuelto a esfumarse.  Sin embargo, los miedos siguen estando conmigo. Esos sí que no me han abandonado.

Malditos carroñeros.

Se ha quedado buena tarde. (2010)

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